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¿DÓNDE IREMOS?

  • José Manuel Grandela Durán
  • 21 oct 2017
  • 6 Min. de lectura

Nuestra cuna, La Tierra. La única joya del Universo.

Nuestra última morada.-

Los casi 40 años que he dedicado a la NASA y a sus múltiples programas espaciales, me han cargado la mochila –la mochila de la vida-, con un cúmulo de vivencias que ahora, en mi reciente jubilación me están aportando muy gratos momentos de satisfacción por el simple hecho de recordarlas.

Desde un principio fui previsor e inicié un diario que será el bastón donde apoyarme cada vez que la memoria tire la toalla y me deje en la estacada, lo que puede ocurrir en cualquier momento.

Repasando mis apuntes de aquí y de allá me he ido tropezando con frases y comentarios que en algún momento he oído a los astronautas cuando andaban por esos cielos de Dios, y que me consta no son del dominio público, por lo que deseo compartir con todo aquel que me lea.

La experiencia sublime de zambullirse en el océano cósmico, fuera del filtro de nuestra atmósfera, y contemplar nuestro planeta-cuna empequeñecerse por momentos-, hace brotar en el hombre sentimientos líricos, teológicos, poéticos, filosóficos, humanos, y sobre todo morriñosos y tiernos. Así me lo narraron personalmente a veces, o se lo he oído cuando nos contaban emocionados sus sensaciones a quienes les cuidábamos desde la Estación de Seguimiento de la NASA en Madrid.

En la Navidad de 1968, tres hombres veían por primera vez la cara oculta de la Luna. Iban a bordo de la nave Apollo VIII, y sus nombres eran: Frank Borman, Jim Lovell y William Anders. Al terminar de pasar por la cara oculta de la Luna, levantaron la vista y vieron una especie de amanecer, pero el cuerpo celeste que se levantaba sobre el horizonte de la escarpada Luna, no era otro que nuestro aparentemente tranquilo Planeta Azul. Un objeto que aportaba la única nota de color entre el negro espacio exterior y los grises tonos de la superficie lunar.

De repente les inundó una sensación de fragilidad y delicadeza, apoderándose de ellos una idea: “Hemos venido hasta la Luna y sin embargo lo mas importante que estamos viendo es nuestro propio planeta Tierra”.

Aunque su misión consistía en fotografiar la superficie lunar, los tres astronautas se centraron en la Tierra y tomaron las famosas fotos que proporcionaron a la humanidad la primera imagen de nuestro hogar, tal y como es, saliendo de la nada.

Esta foto dio a entender a la humanidad y a sus líderes políticos que estamos todos juntos en un planeta diminuto, y que deberíamos tratarlo mucho mejor porque de lo contrario no estaremos aquí mucho tiempo.

Era Nochebuena y la NASA tenía preparada una retransmisión televisiva en directo desde la Luna. Sería la mayor audiencia que hubiera escuchado jamás una voz humana. Las primeras palabras emitidas desde otro mundo, pero ¿qué podían decir? Entre aquellas impactantes imágenes de la Tierra emergiendo mágicamente, leyeron para toda la humanidad unas frases del Génesis:

La Tierra y sus vecinos del Sistema Solar, casi todos letales para cualquier forma de vida, y más aún la frágil vida humana. Todos son bellos, impresionantes, sobrecogedores, pero sólo nuestro planeta nos puede acoger y alojar.

“Estamos cerca de la Luna y la tripulación de la Apollo VIII tiene un mensaje para todos los habitantes de la Tierra: Al principio Dios creó el cielo y la Tierra. La Tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían el haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios, hágase la Luz, y hubo luz. Y Dios vio que era bueno, y la separó de las tinieblas… Y la tripulación de la Apollo VIII se despide con un buenas noches, buena suerte, ¡Feliz Navidad! y que Dios bendiga a todos los que estáis en la buena Tierra”

Algo después de dos años, en febrero de 1971, el coronel de las Fuerzas Aéreas y astronauta de los EE.UU. Stuart A. Roosa, también circunvaló la Luna pero pilotando el módulo de mando Kittyhawk, de la misión Apollo XIV. Durante las 34 vueltas que dio a nuestro satélite hizo cientos de fotografías preparatorias para las siguientes misiones Apollo, pero no se cansó de observar su planeta de origen, y pocas horas antes de recoger a sus compañeros Shepard y Mitchell que volvían de corretear por la superficie lunar, nos manifestó a los controladores que estábamos pendientes de su navegación en solitario: “Desde aquí lo que te impresiona es la miserable pequeñez de la Tierra.”

El veterano Alan B. Shepard, comandante del mismo vuelo de Roosa, era famoso por su carácter frío y duro. Era uno de los primeros siete astronautas elegidos por la NASA para el Proyecto Mercury. Fue el primer norteamericano en hacer un vuelo suborbital en 1961, en la cápsula Freedom 7: Durante las 33 horas que permaneció en nuestro satélite tuvo tiempo de pensar en el cuerpo celeste del que procedía, y nos hizo partícipes de la siguiente evocación, que no dejó de sorprendernos: “Si antes del vuelo, alguien me hubiese preguntado: ¿Vas a emocionarte al mirar la Tierra desde la Luna?, hubiese respondido: ¡No, imposible! Pero cuando miré por primera vez la Tierra desde la superficie de la Luna, me eché a llorar.”

En 1976 tuve el honor de trabajar en equipo con el astronauta Gerald Carr, que tres años antes había sido el comandante del laboratorio espacial norteamericano Skylab 4, en el que permaneció 84 días estudiando nuestro planeta y su principal fuente de vida, el Sol. A mi pregunta obligada sobre sus sensaciones al ver la Tierra a 500 km de distancia, me dijo: “Desde el espacio no hay fronteras nacionales como en un mapa. Al estar aquí mirando hacia la Tierra, se pierde cualquier noción de nacionalismo o provincialismo.”

Sigmund Jähn, de la antigua República Democrática Alemana, que en 1978 pasó ocho días en la estación orbital Salyut 6, y nos comentó a su regreso: “Antes de volar ya era consciente de lo pequeño y vulnerable que es nuestro planeta; pero sólo cuando lo vi desde el espacio, en toda su inefable belleza y fragilidad, comprendí que la tarea más urgente de la humanidad es protegerlo y preservarlo para futuras generaciones.”

Valery Polyakov, cosmonauta ruso, que ostenta el record de permanencia continuada en el espacio, nada menos que 438 días: “Todos los cosmonautas que permanecen mucho tiempo en el espacio regresan a tierra con su sistema de valores cambiado. Mis sentimientos, ahora más humanistas, hace que me resulten inconcebibles las guerras…todo lo que sea agresión contra el ser humano o la naturaleza.”

El astronauta Aldrin del Apollo XI, describió la superficie lunar como una “magnífica desolación”. ¿Qué dirá el primer humano que ponga el pie en el desalentador Marte, dentro de unas décadas? ¿Mirará para atrás añorando el planeta que le dio la vida?

Ulf Merbold, alemán y primer astronauta representante de la Agencia Europea del Espacio (ESA). En 1983 formó parte de la tripulación de la lanzadera espacial Columbia en la misión STS-9, donde pasó diez días en el espacio: “Antes de aquel vuelo, yo veía a la Tierra como algo tan grande y masivo que me parecía invulnerable. Pero cuando sales al espacio en una nave que da una vuelta al mundo cada noventa minutos, piensas: qué pequeño es, qué frágil. Me pareció un planeta increíblemente bello.”

Taylor Gun-Jing Wang, chino-norteamericano, que estuvo siete días en el espacio en 1985, a bordo de la lanzadera Challenger, en el vuelo STS-51B: “Una leyenda china narra cómo unos hombres enviados para hacer daño a una joven, se convirtieron en sus protectores en vez de violadores, al comprobar su belleza. Así es como me sentí cuando vi la Tierra por primera vez. No puedo evitar amarla ni protegerla.”

El piloto de la NASA, Donald E. Williams, que hizo su primer vuelo en 1985 en la lanzadera espacial Discovery (STS-51D): “Para aquellos que han visto la Tierra desde el espacio, y para los cientos y quizás los miles que la verán, la experiencia cambiará seguro vuestras perspectivas. Las cosas que nosotros compartimos en nuestro mundo son mucho más valiosas que las que nos dividen.”

Príncipe Sultán Salman Al-Saud, astronauta de la Arabia Saudita, que voló en 1985 en la lanzadera Discovery, misión STS-51G: “Hacia el primer día, todos señalábamos nuestros países. Hacia el tercero o cuarto, señalábamos a nuestros continentes. Para el quinto día, ya éramos conscientes de que sólo hay una Tierra.”

Podría seguir extrayendo de mis notas de recuerdos y archivos, bastantes más pensamientos emocionados como los reproducidos aquí, pero creo que la diversidad de sensaciones expresadas por sus autores nos da un buen ejemplo de sentimientos altamente dignos, y una conclusión colectiva: Todos navegamos en una misma nave celestial, pequeña y frágil que llamamos Tierra; que es única, y no tenemos otra; que las fronteras entre naciones son algo artificial, que todos formamos parte de un mismo pueblo; que todos y cada uno de nosotros estamos construyendo el destino final de la Humanidad; que la actuación de cada persona le afecta no sólo a él, sino al resto y a ese destino común.

 
 
 
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