ABUELOS JUBILATAS
- José Manuel Grandela Durán
- 21 oct 2017
- 4 Min. de lectura

Mi inquisitorial y preciosa nieta Ana Kate Plonsky Grandela.
¿Tú te llamas abuelo?
Esa pregunta la hizo por teléfono una tierna criatura de dos años y medio a su abuelo, cuando éste le preguntó si sabía ella quién le hablaba por el teléfono. ¿Tú te llamas abuelo?
Si digo que el abuelo era yo, seguro que no desvelo ningún secreto; en cambio sí debo descubrir que la vocecita de golondrina (si las golondrinas tuvieran voz), era de mi nieta Ana que naturalmente me adora, como no podía ser menos.
Ese mundo inédito con el que nos topamos los currantes cuando cae el telón de la representación de nuestra vida laboral, aparece sazonado de dificultades y situaciones forzadas, que empañan la supuesta alegría de arribar por fin al deseado reposo temporal (el reposo eterno es más descansado, pero nadie lo quiere).
Ese nuevo estatus, aparentemente goloso y exento de obligaciones, nos coge a casi todos a contrapié, porque llevamos entre tres y cuatro décadas inmersos en una rutina y horarios prefijados, que han dividido y parcelado nuestro tiempo a su antojo, y subsiguientemente nuestra vida más íntima, si es que alguna vez la hemos tenido del todo.
La sensación de la llegada a la jubilación es tan traumatizante, como la de viajar en un tren del que nos apeáramos distraídamente en una estación de la que no conocemos ni siquiera el nombre. La burocracia administrativa está al acecho de los que llegan a tan señalado momento, para complicarles su nueva vida. Tienes que demostrar que no trabajas y porqué, si te has ido de tu empresa o te han echado, si por las buenas o por las malas, si de verdad has trabajado y cotizado todo lo que dices, etc.
A lo largo de nuestras vidas todos hemos pasado unas cuantas veces por el vía crucis del papeleo y de la burocracia, y mal que bien, hemos salido indemnes de la experiencia, e incluso en ocasiones hemos conseguido de la Administración lo que nos proponíamos (¡los hay con suerte!) Pero no es lo mismo lidiar en las ventanillas municipales, regionales o estatales con la dinámica de los joviales treinta años, que con la pachorra de los sesenta cumplidos, cuando pretendes normalizar tu nueva vida de jubilado, a la que paradójicamente, has arribado sin darte cuenta.

La atracción abuelo – nieta – abuelo es evidente.
Ahora que tienes tiempo libre a cualquier hora del día, te das un “garbeiyo” por el Retiro o por el parque que tengas más a mano, y descubres que los niños que aún no están en edad escolar, es decir los bebés, van todos en cochecitos de tracción animal llamada “abuelo”. Ese ejemplar humano es además polivalente y omnipresente, ya que le verás hacer de todo y en todos los sitios, siempre que se huela u oiga a niños cerca.
Al abuelo de nuestros días le verás desesperado buscando el chupete para calmar el berreo del nietecito, sin percatarse de que lo tiene debajo del zapato, bien rebozado en arena; observarás cómo intenta perseguir a dos o más criaturas que, inocente o malévolamente, se alejan de él en direcciones apuestas; percibirás sus desesperación cuando pretende encontrar la botellita de agua en la red que cuelga tras el respaldo del Jané, mientras farfulla algo de la madre de las criaturas a su cargo, olvidando que esa madre es su propia hija.
Los niños de ahora disfrutan de los padres a plazos, y no muy largos, de lunes a viernes, ya que ambos cónyuges se deben a los respectivos trabajos que han de sustentar la supervivencia de la familia. Padres e hijos se ven, si es que se ven, por la mañana temprano cuando los sacan de la cuna-cama para largárselos al abuelo, quien los recibe amorosamente todavía dormidos. Por la tarde, el primero de la pareja que termine el tajo, relevará al sacrosanto abuelo de las bienamadas criaturitas con las que Dios ha tenido a bien premiar su incipiente jubilación. ¡Alabado sea Dios por esas y otras mercedes!
Y así, unos y otros, derrochando amor y paciencia, conforman el nuevo “modus vivendi” familiar de nuestra era. Pero los nietos no sólo son los hijos de nuestros hijos, sino que son “dos veces nuestros hijos”, según un proverbio japonés (este es japonés, todos los demás son chinos) Eso se traduce en que la responsabilidad del abuelo se desborda lo mires por donde lo mires.
Hace unos días me llevé un susto de muerte. Acudí a un enorme parque que hay cerca de mi casa, siempre rebosante de niños, y observé que los cuidadores de esa miríada de traviesos eran jóvenes de ambos sexos, calzando entre veinte y treinta años de edad. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Dónde estaban los sacrificados y beneméritos abuelos? De pronto caí en la cuenta y respiré tranquilo, ese día era domingo y los padres, exentos del castigo divino de trabajar, habían vuelto a cuidar de su camada como manda la naturaleza. Fue bonito ver ese reencuentro entre las criaturas y sus hacedores, aunque bien efímero, porque al día siguiente una nueva pléyade de abuelos acudiría a sustituirlos hasta donde fuera necesario.
Los niños son muy inteligentes, y perciben inmediatamente que del abuelo se puede conseguir todo porque en su vocabulario no existe la palabra “NO”, y si existe, es con minúscula y en redondilla. Los nietos ven al abuelo como un blando cojín, con el que jugar, en el que refugiarse cuando los padres les amenazan levantando la voz, y donde echarse a dormir cuando la fatiga acaba venciéndoles.
Si el abuelo tiene buena mano (y suerte, ¡mucha suerte!), y consigue compincharse con sus nietos, acabará disfrutando como si tuviera su edad, aunque esa atípica camaradería atraiga a veces el recelo o la envidia de sus padres. La experiencia es inenarrable, y cada abuelo la cuenta de una forma, pero yo la resumo en el conmovedor estremecimiento que sacude mi cuerpo cuando, al despedirme para volver a mi casa, mi nietecita Ana me dice: “Abuelo, yo quiero irme con tú.”