EN LA PATRIA DE DRÁCULA
- José Manuel Grandela Durán
- 21 oct 2017
- 5 Min. de lectura

Conjunto escultórico en la ciudad de Sighisoara en recuerdo al antaño Rey de Rumanía. La placa del conjunto escultórico dice:
“Vlad Tepes. 1431 -1476.”
(¡Ah, por cierto, de los dos de la foto, Drácula es el de arriba!)
A Rumania no se puede ir de weekend porque hay mucho que ver, así que hace unos veranos le dediqué con mi mujer, Ángela, dos semanitas que superaron con mucho nuestras expectativas.
Cogimos, pues, carretera y manta - lo que es un decir, porque nos desplazamos en un monovolumen, como hace ahora todo el mundo-, en el que pusimos proa a Transilvania, feudo del conde Drácula. ¿Por qué hacia allí? Pues porque era un capricho que yo tenía enquistado desde que el actor británico Christopher Lee aterrorizó mi cándida pubertad a finales de los 50 (del siglo XX, claro), encarnando fenomenalmente en una peli al terrorífico Príncipe de los Vampiros.
Es curioso, a los rumanos no les gusta que se les pregunte sobre Drácula porque dicen que no tiene nada que ver con su país, y además que nunca existió. Yo aceptaría ese punto de vista si no viera la Ruta de Drácula en todas las agencias de viajes, o si no encontrara en los mercadillos y tiendas de souvenirs, multitud de manualidades de todo pelaje reproduciendo la cara del susodicho conde, su puntiagudo castillo, las escenas más tenebrosas de Hollywood, camisetas horripilantes (razón por la cual no me compré ninguna, para no asustar a mis tiernos nietecitos), y así un interminable etcétera.
A fin de cuentas, Vlad Tepes el Empalador, fue un príncipe rumano defensor de su país y del cristianismo, al menos a su estilo. Para situarnos en el tiempo, diré que transcurría el siglo XV, y que en la vieja Piel de Toro, la Reina Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón, andaban muy atareados forjando la unidad de España, esa que ahora tantos se empeñan en desintegrar sin alterárseles una ceja.
La historia de verdad nos dice que Vlad Dracula les hizo la vida imposible a los otomanos (turcos, para entendernos), que les tenía ojeriza porque le habían tenido prisionero, y que cuando consiguió escapar y hacerles frente, no pidió permiso a Amnesty Internacional para proceder contra ellos, simplemente se esmeró cuanto pudo, tal como indica su apodo. Fue llenando los montes de miles de estacas clavadas al suelo, con su turco ensartadito por semejante parte, en cada una de ellas. Fue un estilo de repoblación forestal a lo bestia, como habría dicho Gila. El caso es que aún hoy pensarlo pone los pelos de punta.
Pero claro, una cosa es que Drácula fuese una bestia parda -bastante común, por cierto en aquellos tiempos del medievo-, y otra muy diferente el que se bebiera la sangre de sus enemigos, y no digamos ya, el que se convirtiera en murciélago, ni se proclamase Príncipe de las Tinieblas, arrebatándole ese título al mismísimo Belcebú, que ese sí que es malo.
La culpa de toda esta leyenda la tiene el escritor irlandés Bram Stoker, que conocedor por un amigo húngaro del historial tan ad hoc de Vlad Drácula, y que el mito del vampirismo tenía buen acomodo en las tradiciones de Transilvania, mezcló churras con merinas y se inventó un personaje noctámbulo, con grandes ojeras, cara pálida y que le iba un drinking muy especial. ¡Vamos, como los que yo veo con la litrona cuando paso de madrugada por el barrio de Chueca!
El libro resultó un best seller a principios del siglo XX, según dicen es el más leído en lengua inglesa en todo el mundo, tras la Biblia y las obras de Shakespeare. ¡Qué cosas tienen los ingleses! Cuando el celuloide hizo su aparición, faltó tiempo para llevarlo a la pantalla y aterrorizarnos unas veces o hacernos reír otras, dependiendo de la profesionalidad del director de turno.

Aparición súbita del temido Drácula, tras una puerta disimulada en el muro, que provocó un mayúsculo sobresalto al autor de la foto y de este relato.
Como el morbo es el morbo, yo en Rumania seguí los pasos de otros miles de turistas y me encaminé a su supuesto Castillo de Bran, cerca de Braşov en Transilvania, para ver si algo me recordaba al viejo Cristopher Lee que me aterrorizó cuando zagal. Y surgió la anécdota cuando me encontraba en una de las salas del incómodo y angosto castillo, cámara en ristre a punto de perpetuar el mobiliario, cuando inesperadamente se abrió una puerta disimulada justo enfrente de mi objetivo, apareciendo como un flash un ente vestido de negro, con una capa que le tenía que dar un calor horroroso, de tez blanca como la cal y los ojos rojos inyectados en sangre. Que conste que fue mi dedo el que disparó la cámara, porque yo me quedé parapléjico con la boca abierta, hasta que esbocé una sonrisa que fue el preludio de una buena carcajada. El caso es que tengo la foto, que he querido compartir con el lector. Por cierto la explicación a ese remedo vacilón de Drácula surgiendo de la oscuridad, la tiene el que una agencia de viajes había contratado a un actor para dar más ambiente a la visita. La foto adjunta habla por sí sola.
A pesar de haber tenido ocasión de saludar al ínclito y nocherniego conde, persistimos en continuar la ruta programada, profundizando en los preciosos paisajes transilvanos, conformados por inmensas planicies salpicadas de orgullosos oteros. En uno de ellos encontramos, dominante y medieval la ciudad de Sighisoara, cuna del noble, –aunque despiadado-, Vlad Tepes.

Postre variadísimo en sabores, aunque no en colores. El rojo “sangre” es casi un “patrimonio histórico” en la legendaria Transilvasnia.
La original Sighisoara es una preciosa ciudad secular que rezuma sabor a historia. Las once torres aún intactas de las murallas, sus calles adoquinadas (que me recuerdan al Madrid de mi infancia), la Torre del Reloj, y naturalmente la casa en la vivió cuatro años el señor Drácula, y cuya placa en la fachada lo recuerda a los visitantes. Para suerte nuestra, el edificio es actualmente un restaurante, circunstancia que aprovechamos para degustar un par de platos típicos, que rematamos –nunca mejor dicho-, con un postre de helados variados al que habían bautizado –valga la irreverencia-, Drácula. El menú rezaba –perdón por la irreverencia otra vez-, que todos sus ingredientes eran de color rojo, a saber: grosellas, fresas, moras, arándanos y frambuesas, y para acompañar el conjunto, un vasito de sangre (¡) -bueno, eso decía la carta-. Ante la cara de asombro de mi esposa, la camarera nos aclaró que la tal sangre era un mosto espeso y dulzón elaborado de uva tinta local, sin nada que ver con los hematíes. Una foto, como la adjunta, vale más que mil palabras.
Pero ¿qué es lo más me llamó la atención en toda la ruta de Drácula? Pues algo tan peculiar como el que las rejillas metálicas del alcantarillado de las calles donde en su día vivió y paseó el funesto conde, están fundidas en España, más concretamente, en Cataluña. No pude por menos que hacerles alguna foto, en la que se lee perfectamente: Fundición Dúctil Fábregas Igualada.¡Cosas veredes, amigo Sancho!