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EL HOMBRE ES UN LOBO PARA EL HOMBRE

  • José Manuel Grandela Durán
  • 22 oct 2017
  • 5 Min. de lectura

¡Qué viene el lobo!

Quizás sea mi ascendencia gallega la que me legó el atávico miedo al lobo (el canis lupus de nuestros añejos libros de gramática latina), y por ende a su primo el perro, que en latín se llama muy parecido: canis lupus familiaris, lo que demuestra que el perro, por muy doméstico que sea, sigue siendo lupus, digan lo que digan sus amos. Además, para recordárnoslo están las frecuentes noticias en prensa de esos angelicales y mansos animalitos comiéndose a sus dueños, bien sean tiernos niños, terciaditos adultos o incluso correosos ancianos. Cuando al canis le sale la vena lupus, muerde, y si puede mata, que para eso le ha dado Dios esos colmillos que infunden miedo al miedo.

Mi hija Julia, señora casada y con dos preciosas hijas, Valentina e Iria, me ha sobrepasado en el recelo a los cánidos. Lo de ella es pavor, bien sean mastines, bien repelentes chihuahuas. Como los genes hereditarios siguen haciendo de las suyas, resulta que mi nieta Valentina se me trepa por encima cada vez que ve un chucho, mientras que su hermana Iria se lanza respetuosamente al dueño a pedirle permiso para acariciar al animal. Blanco y negro.

Pero volvamos al lobo, que es quien nos ha traído aquí. Mi padre, celta puro, nos narraba aún con sus 98 años –poco antes de morir-, con todo detalle, no exento de inquietud, sus experiencias en monte abierto allá en su juventud, con el protagonista de este escrito. El nació y correteó por la sierra de Meira, donde brota de la nada el río Miño, en bellísimos parajes que han permanecidos inalterados desde la Creación, hasta que el fuego del hombre (me repele añadir el sonsonete de … y la mujer), inició lo que ya sabemos es uno de los avisos del Apocalipsis bíblico.

En aquellos albores del siglo XX (¿Quién se acuerda ya del siglo XX?), en Galicia no había más caminos que trochas, desfiladeros, laberínticas veredas y algunos pocos de herradura, todo ello incrustado en la densísima foresta, que impedía ver nada en derredor a escasos centímetros. Y eso con la tímida luz diurna que permitían las copiosas lluvias y el endémico orvallo, porque al anochecer los molinos se convertían en perversos gigantes y la oscuridad era “boca de lobo”. ¿Para qué decir más?

Había que estar muy necesitado para arriesgarse a cruzar el monte sólo, por lo que los paisanos se ponían de acuerdo para ir de una aldea a otra, saliendo en grupos determinado día y a determinada hora, para hacer sus compras, cambiar productos de la tierra, recoger medicinas de la botica, o hacer gestiones en la aldea o localidad que estaba al otro lado de la sierra.

Mi nieta Iria haciendo buenas migas con un perro totalmente desconocido. (El cánido pensará lo propio.)

Quienes tienen perros y llevan orgullosos sus fotos en la cartera, aseguran con deleitación que sus animales son inteligentísimos, y si ellos se lo creen, tendrán que aceptar también que el lobo lo es mucho más, entre otras cosas porque su raza es la madre de todos los cánidos presentes en nuestro planeta. Bueno, pues ese carnívoro sabe muy bien que el hombre es una pieza de carne nada desdeñable, pero también sabe que es más grande que él –aunque menos fiero-, y que tiene sus mañas y se vale de unos extraños artilugios con los que le puede hacer daño, léase hoces, guadañas, horcas, por no hablar de las bienhechoras escopetas de posta, que llegaron mucho después.

Antes de que el hombre (perdón otra vez por la falta de alusión al otro género), se inventara el eslogan del divide y vencerás, los lobos ya se habían percatado justamente de lo contrario, es decir, del de la unión hace la fuerza, y se inventaron el atacar en manada. El lobo macho jefe (¡si, macho!), decidió que la familia (camada) tenía que estar a las duras y a las maduras, y si querían comer tenían que ganárselo atacando juntos, el padre, la madre, y los lobatos, porque todos tenían colmillos y todos tenían hambre.

Y así el rey de la creación –que no sé dónde lo he leído-, pasó a estado de grave inferioridad cada vez que se las veía sólo por el monte. Pero cuando el hambre acucia, los devoradores se hacen más temerarios y llegan a salir a cielo abierto a merendarse unas cuantas ovejitas, por más que el pastor grite, arroje piedras con la honda y mande el perro a que se lo hagan trizas sus primos hermanos los lupus.

Mi padre vivió de niño varias experiencias por estar al cuidado de las reses de varios vecinos de su aldea. Casi rondando el siglo de edad, nos recordaba con toda pasión, cómo las vacas y bueyes al aliento del lobo, se cerraban en círculo juntando las ancas hacia dentro, a la vez que mostraban la cornamenta hacia fuera, en una táctica desesperada para repeler a aquellas alimañas. Cuando el número de reses superaba la decena, conseguían presentar un muro de cuernos nada desdeñable, que dejaba muy poco resquicio a los lobos para hincar el diente, y tras varias dentelladas superficiales, acaban alejándose –alguno con las tripas fuera-, tras recibir un pinchazo bien dado.

Si las reses eran pocas, y los lobos muchos, el pobre pastor no tenía más salida que huir para salvar la vida, y gritar desesperado prado abajo ¡O lobo! ¡O lobo!

En el cuento de Caperucita Roja, el narrador radiofónico decía: “El lobo, que es muy astuto, deja el sendero, coge el atajo, y llega a la casa sin gran trabajo" (la casa de la abuelita, claro). Y efectivamente la astucia del lobo le llevaba, y le lleva, a elegir los desprotegidos rebaños de ovejas donde los animales se limitan a balar y formar una masa compacta a la espera de que la dentellada se la lleve otro congénere.

Lo triste es que este hecho está ocurriendo ahora, hoy mismo, y con la anuencia del Gobierno, aunque parezca increíble. Y me explico. En los Picos de Europa, es secular la presencia de grandes rebaños ovinos al cuidado de sus pastores y mastines, y mal que bien éstos han venido aceptando con resignación que el lobo se llevara de vez en cuando en sus fauces algún que otro corderito. Pero ¡héteme aquí! que los mandamases de turno han optado –con la fuerza que les da la Ley-, por la supervivencia de un peligroso animal, el lobo, frente a la del ser humano.

Por si sirve para algo, me permito recordarles aquí este versículo del Génesis: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella”.

Bueno, pues en los Picos de Europa se ha decidido lo contrario, que sean las bestias –en este caso los canis lupus-, quienes dominen sobre los hombres y los tengan atemorizados, y si se defienden para impedir una matanza de 14 ovejas, como una ocurrida no ha mucho en una sola razzia, que el pastor sea castigado además con una importante multa, o pena de cárcel, si no tiene para pagarla. ¿Se ha parado alguien a pensar que precisamente los pastores se hallan en ese estado de penuria porque el Gobierno les ha enviado más camadas de lobos, porque son “especie protegida”? ¿Quién es el sagaz peñas arriba (que diría José Mª de Pereda) que ha ordenado emplear helicópteros para alimentar a las alimañas, y no hace lo propio con los humanos cuando se hallan aislados por la nieve y no tienen ni leña para hacer fuego, ni comida para echar en él?

¿Pero es que nos hemos vuelto todos gilipois, como decía el ínclito Tip? Nerón, Calígula, y otros emperadores-verdugo romanos, echaban a los cristianos a los leones, y ahora veinte siglos después, sus émulos en el poder, al no disponer de leones en España, echan a sus paisanos a los lobos. ¡Han hecho verdad el dicho de que el hombre es un lobo para el hombre!

 
 
 
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